El 27 de diciembre de 1956 el Boletín Oficial del Estado Español publicó un decreto en el que se disponían las instrucciones para la desecación de la Laguna de Antela en la provincia de Ourense, uno de los ecosistemas húmedos mas grandes de España, con el propósito de “aumentar la producción y mejorar el nivel de vida del campo”. Las obras de desecación que comenzaron en 1958, se planificaron en tres fases, que finalizaron en la década de los 70 con un proceso de concentración parcelaria.
Esta obra ha provocado una catástrofe medioambiental en la zona, no solo provocando la extinción de algunas especies animales, si no cambiando el clima de la zona debido a un desequilibrio hídrico que provoca periodos de sequía durante el verano. La sobreexplotación ganadera y agrícola de la región, ha contribuido al agotamiento y contaminación de los acuíferos. Sin entrar en cuestiones políticas o económicas, aquel decreto publicado en la página 8221 del Boletín Oficial del Estado ha causado una conmoción en este territorio, cambiando radicalmente la fisonomía del lugar y provocando una profunda herida en la identidad de los pueblos que lo habitaban.
Existe una memoria natural de la laguna de Antela que conservan aquellas personas que tuvieron experiencia directa de su existencia, y otra memoria artificial fabricada sobre todo con viejas fotografías y testimonios contaminados por la nostalgia que se debilitan y fragmentan con el paso del tiempo. Imagino esta memoria con un canal de ida y vuelta, por dónde transitan los recuerdos que el lugar aún tiene la capacidad de evocar, o que el sujeto voluntariamente recorre para intentar recuperarlos. Un tiempo llegará en que este camino apenas podrá ser recorrido en un único sentido.
La identidad, el paisaje y la memoria alterada por las 1528 palabras del decreto son las ideas centrales de este proyecto. Las palabras se apropian del paisaje, tratando de justificar el crimen que esta a punto de perpetrarse. Argumentos que a fuerza de repetidos se convierten en una intimidatoria realidad que el individuo, acorralado y reducido a desempeñar el rol de un figurante, acepta con sumisión. Un territorio colonizado para satisfacer la “viva inquietud” que la sociedad cuantifica en términos de eficiencia y productividad. Un decreto que disfrazado con la perfección lógica del circulo esconde en sus entrañas un violento exabrupto que aniquilará la tierra. Número fatídico que sentenciará de forma implacable la única forma de vida posible que reconciliaba al ser humano con la Naturaleza. Identidad rasgada y fragmentada, almacenada en una vieja caja que se perderá en un remoto lugar de la memoria.