De natura libris
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Según dicen los antropólogos, nuestra especie se define por su capacidad de representar al mundo. Entre los grandes simios prehistóricos hubo, parece, atroces luchas de supervivencia en las que se definieron diversos grupos genéticos; los vencedores fueron, curiosamente, no los más fuertes sino los más hábiles. Sin duda aquellos remotos abuelos terribles usaron en sus combates el mazo y los dientes, pero también los ojos y los dedos de la mano. Los barrosos trazos de variados matices que aún podemos ver sobre las paredes de sus cuevas fueron advertencias, mapas, plegarias, alardes y confesiones, todo un registro de sabiduría y experiencia que les permitió ser (o creer que eran) más poderosos que sus menos inspirados primos. Palmas, círculos, flechas, escuetas figuras humanas y el reino animal con el cual compartían la tierra, ilustraban para ellos (ilustran para nosotros) un conocimiento del mundo con todo lo que eso implica: rudimentos de filosofía, de poesía, de política y economía, de arte.

En una remotísima tarde, un antepasado simio en un país hoy árido y desierto, pudo entender que veía lo que veía y pensaba lo que pensaba, y supo dar a esa visión y a ese pensamiento una representación física hecha de líneas y de colores. De algún modo mágico, la capacidad de representarse a su mundo y la de poder representar al mundo de su enemigo, le dio autoridad sobre ambos, como si la imitación de una cosa viva fuera al mismo tiempo la creación y posesión de esa cosa. Quizás por ese motivo, milenios más tarde, otros habitantes del desierto atribuyeron a su innombrable dios creador un duro mandamiento de no hacer “imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.” (Éxodo, XX:4)

Oscar Wilde sostenía que sólo la gente superficial no juzga por las apariencias; su observación redime al observador que seducido por el acoplamiento casual de dos objetos, de una letra y una página, de una mano y un paisaje, de un libro y un cuerpo por ejemplo, cree entender un mensaje, seguir una narración. Las bellísimas imágenes de Álvaro Alejandro son una elegante mise en abîme porque la narración que creemos ver se compone de fragmentos de otras narraciones: letras de un discurso leído en un espejo oscuro, retazos de textos olvidados o vistos en un sueño, como aquellos primeros signos trazados por nuestros lejanos abuelos que nos cuentan algo esencial del universo: algo secreto, inefable, y a la vez, claro y preciso.

Alberto Manguel