La costanera
Donde la tierra toca las aguas, en una orilla protegida, se funda una aldea. Habrá palabras con promesas y secretos. Habrá historias. Todas las historias tienen un borde que debe ser cruzado para poder contarlas: pasar del hecho a la narración. La costanera es uno de esos bordes.
Muchos de los que caminan estas veredas son los descendientes de aquellos que cruzaron los mares para llegar a estas mismas costas, otros son los descendientes de aquellos que pelearon contra la fundación de la ciudad, por esta razón, la aldea se fundó dos veces. El río guarda las historias, también escombros y huesos, así como trajo las semillas de los árboles que hoy vemos. El río es memoria que pasa y queda.
El paisaje siempre es el mismo, un paredón que hace las veces de horizonte. Un límite abrupto que esconde el río. Buenos Aires se fundó en estas tierras hace dos siglos y creció de espaldas a las aguas, pero existen unos pocos lugares que resistieron a ocultarse. La costanera es uno de ellos. Un lugar como un teatro a cielo abierto, un gran escenario donde la gente deambula y vive su historia. A veces la cuenta, otras, la narra el silencio. El río, noble oyente, también guarda esos silencios.