el tacto del ángel
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EL TACTO DEL ÁNGEL
Victoria Rodríguez Cruz

Supongamos que hablamos de proximidades. De recuerdos. Que hablamos de la historia de una vida. Una vida narrada desde la perspectiva del presente.

En El tacto del ángel, Victoria Rodríguez Cruz nos ofrece la singularidad de su mirada y se atreve a romper la barrera de lo íntimo a través de la fotografía como medio de observación e investigación de la imagen. Su mirada se despliega bajo tres intencionalidades distintas para ofrecer nuevos estados de percepción y pensamiento: la mirada como tal, la mirada como necesidad de análisis y la mirada como anhelo de conservación de la memoria. Bajo estas premisas, Victoria busca en su entorno más próximo la esencia de las personas y los seres que la rodean.

En cada una de las imágenes adivinamos cómo dedica la misma dignidad a cada elemento fotografiado unificándolos bajo unos códigos estéticos similares, incluso a los seres silenciosos -a veces extraños- que irrumpen en las escenas de su cotidianidad. Por otra parte, Familia se conforma como una serie de retratos familiares en el que los individuos parecen conectar a través del agua con su origen, donde Victoria capta el gesto que define el temperamento de cada uno. Tanto el acto de fotografiar como de entregarse a ello supone toda una confesión de generosidad y empatía, una demostración de confianza. Existe no obstante una imagen que representa el punto álgido de la necesidad del otro. Dos mujeres -hermanas- se aferran entre sí, una de ellas padece Alzheimer. El aspecto formal de la fotografía alberga una gran potencia visual en la que no podemos obviar lo que está sucediendo: la víctima busca afianzarse en su cuidadora como en un intento de simbiosis, buscando un refugio no sólo físico sino emocional en aquella persona en la que poco a poco se está convirtiendo.

Pero es una pieza la que alberga la expresión del más intenso de los vínculos: la complicidad existente entre una madre y una hija. Observamos unas piernas con la piel marcada de historias. Intuimos su postura e intuimos de igual modo la calma que proporciona la aceptación de su destino. El hecho de realizar la fotografía conlleva desplegar o duplicar la imagen del ser amado, así como su recuerdo, convirtiéndose en un objeto casi místico. Cuando Roland Barthes habla en La cámara lúcida sobre la fotografía de su madre en el invernadero, menciona que "ella no se debatía con su imagen [...] ella no se suponía". Es interesante esta reflexión en tanto que habla de la pose fotográfica como un supuesto de la persona retratada. Aquí tampoco existe debate con la imagen, puesto que la esencia de la madre aparece de manera explícita en sus piernas, en su hija, en sus medallas: "en sus medallas está su historia". En esta obra vemos a la madre, vemos al padre -su ausencia- y vemos a Victoria.

La promesa del tacto se palpa en cada imagen como una de las máximas expresiones del afecto, pero pocas veces en su fotografía llega a materializarse. De ese modo retiene el deseo de que el contacto ocurra, frágil y complaciente, como el tacto del ángel -que nunca llega-. En definitiva, Victoria pone de relieve en esta muestra que fotografiar es mirar de frente al recuerdo y desafiar al olvido. Quizás sólo quería hablar de los aspectos de sí misma que aún permanecen ocultos. Aunque, desde ahora, cada vez menos.

María Arregui Montero