Extraño, imprescindible.
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Por qué estaban allí esos árboles, por qué ese paisaje y esos colores, qué hacían aquellas personas que parecían moverse como si tuvieran muy claro su destino. Cuando era una niña nos mudamos de residencia en muchas ocasiones, y recuerdo que en los viajes miraba por la ventanilla del coche, sintiendo que todo funcionaba con unas claves que no comprendía. Mi padre me explicaba con palabras de ingeniero amante de las ciencias y la tecnología y entonces el mundo se ordenaba.
Sin embargo en el silencio, en los amaneceres o a la caída de la tarde, me parecía observar una obra de ficción en un lenguaje extraño que confiaba aprender cuando creciera. En el presente actúo como si lo hubiera comprendido todo y la vida tuviera una lógica universal y evidente. Otras veces salgo a mirar lo que hay fuera e intento traerme a casa esa mirada extraña pero imprescindible para mí, que no puede explicarse con palabras.