CIRCO
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Hay algo mágico en las ecualizadas líneas de la carpa del circo que cortan el cielo, en las tensas cuerdas que lo sujetan al suelo, en las luces que cada noche avisan de que el espectáculo está a punto de comenzar. En cada velada, las ensayadas y entrenadas escenas y piezas se repiten sesión tras sesión, inalterables, pero nunca son las mismas porque cada ilusión, cada grito, susto o risa provocada en el espectador lo convierte en un evento único, diferente, mágico.
Cuando nos asomamos para contemplar un trabajo fotográfico sobre el circo, debemos hacerlo como quien se para a contemplar el paisaje en la cima de una montaña: con la mente desnuda, porque las referencias se amontonan en la cabeza como recuerdos de algo ya vivido y que otrora nos causaba emoción, respeto. Y la retina, guardiana de los recuerdos visuales, tratará de colocar las nuevas imágenes cerca de las antiguas.
En la simplicidad de una síntesis generalizada podríamos decir sin ambages que todo es lo mismo, pero si nos paramos a pensar y lo analizamos veremos que todo es diferente. Cada trabajo sobre el circo muestra un momento concreto de la historia de un espectáculo de unos 3000 años de antigüedad, que nos da pistas sobre sus usos y costumbres, tradiciones, modas y evolución. Cuando las luces se han apagado y los espectadores están en sus casas, la rutina del día a día posee al espíritu del circo hasta el siguiente espectáculo.
Una rutina donde los personajes se convierten en personas de carne y hueso. Pero ¿cómo es esa rutina?, ¿cómo es el día a día de un payaso, de un equilibrista, del hijo de un trabajador del circo?
Disciplina, trabajo, superación, ilusión, pasión.
Disciplina, esfuerzo, frustración, miedo.
Disciplina, rutina, entrenamiento, adrenalina.
Disciplina, agotamiento, sueño, heridas.
Disciplina, al final, todo se reduce a disciplina.
Victoria Adame, propone una mirada a lo menos conocido del circo. La globalizada ansiedad que los trabajadores sufren en sus rutinas diarias no escapa tampoco a estos, parece irónico que sea así en un trabajo diseñado para hacer reír, para hacer que nos olvidemos de nuestros propios trabajos.
Este trabajo bien podría ser la catarsis de quien no tiene horas en el día para hacer todo lo que le quiere, o quizá Adame quiera invitarnos a viajar a las antípodas de “Miopía” y nos permite en esta ocasión ver más, más allá de lo que vemos a simple vista, más allá de lo que podíamos imaginarnos. O quizá todo es más simple y nace de la curiosidad o la necesidad de contarnos lo que ve, lo que vive y lo que siente. En cualquier caso, nos anima a la reflexión, a tomar asiento, bajar las luces y disfrutar del espectáculo.
Chema Sanmoran.