Aquel día a paso lento, no podía dejar de maravilarme por los caminos llenos de arrugas, sonrisas, calor, pláticas fortuitas, asombros y disfrute cotidiano. Pues cuando uno deberas camina con los reflejos callejeros, se destellan realidades ajenas dentro de uno mismo. Como una especie de intercambio ilusorio inesperado, pero lleno de vidas e historias.