Después de todo ¿quién no se ha perdido en algún momento de su vida? De niño, pisando por primera vez un camino nuevo; en la adolescencia cuando se rompe con la primera novia o con el primer novio; al mudarse a un nuevo distrito, ciudad o país; cuando muere un ser querido… Sí, quién de nosotros no se ha sentido perdido, pero y más importante aún ¿quién de nosotros no ha renacido después de haber re-encontrado el camino correcto, después de haber sido salvado? Y estas lineas se escriben justo desde ese instante preciso, -un instante “Farabeuf”. Un instante en el que se encuentran los perdidos y los náufragos, porque siempre que una persona se pierde o naufraga, lo primero que le embarga es la nostalgia del no tiempo, del no espacio. Una idea de lo que podría haber sido. Después deviene el entusiasmo por la oportunidad que se le ofrece de re-conocerse a sí mismo ante nuevas, numerosas y desconocidas posibilidades. Así, se amplían las interrogantes de Paul Gauguin, Descartes, Heidegger y de cualquier otro náufrago: ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos?, plus ¿En dónde estamos y qué hacemos aquí? Para mí, un naufragio ha sido todo lo contrario a una desgracia. Para mí, un naufragio es