Los comensales
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Los comedores universitarios no fueron sólo espacios donde se compartía un plato de comida. Allí se debatían ideas políticas, sociales y académicas. Se respiraba un aire de libertad que parió miles de historias a viva voz, como la de mis padres que se conocieron en esos pasillos bulliciosos.
Nacieron gracias al esfuerzo de las luchas estudiantiles y fueron concebidos bajo un principio tan elemental como necesario: la solidaridad con el compañero. Los comedores representaron una ayuda fundamental para el alumnado de las universidades nacionales.
El rito se iniciaba cuando los estudiantes presentaban su carnet de comensal y elegían su propia bandeja ranchera de acero inoxidable, para luego ubicar en cada una de sus divisiones los cubiertos, el vaso, y el menú del día con postre. Incluso se podían ver niños que acompañaban a sus padres y que comían del mismo plato y tomaban del mismo vaso.
No fue casual el cierre de los comedores universitarios, ya que siempre fueron considerados un objetivo a eliminar por las dictaduras militares que asolaron nuestro país. Quizás el antecedente más relevante fue el intento de cierre de estos espacios por parte del presidente de facto Juan Carlos Onganía, que se convirtió en uno de los detonantes del “Tucumanazo” en 1970.
El nefasto plan sistemático que implementó la última dictadura militar sobre la Universidad Nacional de Tucumán también incluyó la desaparición de estudiantes, docentes y no docentes, la instalación de un centro clandestino de detención en la Escuela Universitaria de Educación Física (EUDEF, actual FACDEF) y la sustracción de Canal 10.
Hoy recorro los sitios vacíos intentando recuperar historias truncas. Pienso en una urgente reparación histórica. Y un silencio mudo aturde mis entrañas.