Hace años que trabajo con la comunidad boliviana en Argentina, empecé en principio indagando sobre como conservan sus tradiciones. Comencé fotografiando las numerosas festividades que realizan durante el año en Buenos Aires. Durante el día se imponía la presentación ante un otro, la “representación”, ante el público local o ante el propio público boliviano que es muy numeroso.
Sin embargo comencé a observar que en la noche esta conexión con su propia esencia era más intensa y genuina, como un degrade en el que los tonos se acercan a la verdad a medida que se oscurecen, como si la noche ocultara los detalles innecesarios y pusiera de manifiesto lo que importa. El territorio común acá y allá era el cielo en la noche.
Desde los primeros tiempos el significado de la palabra mascara estuvo vinculado al de persona. Tanto la palabra griega prosopón como la palabra latina persona se utilizaban para designar a la máscara.
La máscara no es solo un medio para representar identidades imaginadas, sino que permite la apropiación e incorporación de aquellas como verdades esenciales. Las máscaras y la propia danza son la materialización de sus raíces. No un disfraz ni una representación. El danzarín y la máscara se unen y forman algo intrínseco, que en ese preciso instante es su propia piel. La misma piel de sus antepasados. Me interesa plasmar en una sola toma el instante en la que se produce esa revelación. Cuando se coloca su máscara se transforma en el mismo, la máscara es su rostro, su historia, su esencia.