Esta es una serie que narra la historia de unos retratos por omisión, como si fuera la ilustración de un reportaje fotográfico sobre vandalismo urbano. Nada puede estar más alejado de eso. La figura del cementerio es la excusa para recurrir a un recinto que encierra un modelo reducido de una ciudad obstruida en la memoria. Solo tenemos acceso a ella mediante el reaprovechamiento de una cantidad de material arruinado que escamotea el acceso a su origen. Los restos mutilados de una representación del cuerpo tallada en la piedra, montan la ficción de una antigüedad greco-romana sobre la que se erige el deseo de la república. A imagen y semejanza, la construcción de la pose pone en evidencia los pliegues de una interpretación pompeyana que encubre los sueños diurnos que forjan la solidez de la estatuaria.
Al seguir sus huellas se accede a las fallas de procedimiento que ponen en riesgo la preservación de la figura. De este modo, las oligarquías republicanas distribuyen los gestos congelados para sostener la caída de la tela ilustrada, como si fuera un signo de distinción para el goce de quienes dominan la prosa del mundo. Las telas talladas retienen el deterioro de la imagen y multiplican las amenazas de castración, para luego recomponer el movimiento que asegura la continuidad de línea en los pliegues de una toga, hasta delatar la “función-madre”.