A sus 65 años, Marcela Ajú ha ayudado a traer al mundo a tantos niños que se siente incapaz de recordarlos a todos sin olvidarse de alguno. Hoy, escondida tras unos anteojos que desdibujan su vida, espera el día en el que Guatemala olvide su desdén hacia su labor como comadrona.
"No nos toman en cuenta. Sufrimos y el Gobierno no hace nada. Que le importa. ¿Por qué nos hace así?". Marcela tiene el verbo ácido, roto de tanto bregar y de tanto reivindicar, pero es capaz de ignorar hasta su propio tormento cuando escucha el llanto de un bebé recién nacido. Un canto de serenidad donde logra calmar su desazón.
Hace 35 años que Marcela, que adorna su pelo color ceniza recogido en una trenza con una cita azul, recibió su "don". En medio de la noche, con la cabeza y los brazos doloridos, se le apareció un muchachito de unos 10 años "vestido todo de blanco" que pasaba una y otra vez acompañado de un grupo de "pajaritos".