TEXTO DESCRIPTIVO La serie fotográfica “Rito y Ficción” reflexionar sobre la manipulación en la imagen registro, en especial la imagen que se vuelve documentó y que desempeña un papel importante en la memoria colectiva. Así la serie “Rito y Ficción” se compone de una serie fotográfica que simulan una investigación sobre los ritos de una cultura primigenia desconocida(ficticia). El punto de partida de este proyecto son las distintas fotografías etnográficas que surgen a mediados del siglo XIX y que marcan un interés por recopilación de imagen-registro que permitiesen el estudio físico de los otros; en este caso los pueblos colonizados. Hay muchos ejemplos de dichas investigaciones; las fotografías de los indios de Estados Unidos ( por Frank A. Rinehart 1861-1928 o Edward Curtis 1868-1952 ), de los esclavos negros de Carolina del Sur ( por el científico Louis Agassiz y el fotógrafo Joseph T. Zealy en 1850) o de los indígenas de tierra del Fuego ( por Martin Gusinde 1886-1969). Basándose en la fotografía como herramienta de registro de antropólogos y sociólogos, para el estudios de las razas y su evolución cultural, se utiliza un registro visual de signos: vestimenta, utensilios, etc. Se toma el protagonismo de estos signos, dado que estos elementos visuales contribuyen a formar una “idea” de cultura (una identidad reconocible o atribuible), además de la raza u otras señas de un ser humano, insertas en un tiempo histórico remoto (en una cultura no reconocible como propia). Por otro lado, siendo estos signos intervenidos o reinterpretados desde una época actual, se usan en la serie para dar forma de fotografías etnográficas de supuestos ritos de una cultura. De esta manera en las fotografías muestran signo de máscaras y de vestimentas de ritual, en la medida en que en ellos hay una información general de una cultura, sin mostrar al individuo. Se trata por lo demás de representar una problemática universal, que traspasa el tiempo o la cultura, como es el intento de unir: el cielo y la tierra, lo abstracto y tangible, la razón y el cuerpo. Así mismo, se promueve la interpretación de estos signos, insertos en la fotografía etnográfica, como “ideas” sintéticas de cualquier cultura, que incluso podrían aplicar a la nuestra. Se puede agregar que los retratos con sus recreaciones de vestimentas y máscaras de rituales aborígenes, son potenciados al construirlos con objetos contemporáneos (carteras, alfombras, toallas, etc.) haciendo un símil de las vestimentas y las máscaras rituales pero incluyendo nuestra mirada modernista (jugando con el asombro y la paradoja de reconocer o desconocerlos). Porque el trabajo intenta conforma un diálogo entre la idea de rito y de realidad, presente en todo espectador sin importar el tiempo. Lo que permite hacer una reflexión sobre la manera en que construimos la historia, a través de la mirada de un observador moderno que interpreta los registros fotográficos con información subjetiva. Por otro lado y desde el punto de vista de la fotografía documental y considerándola heredera de la verdad y objetividad, las series toman la forma de una colección de fotografías documentales, cuya significación estará estrechamente en relación con la memoria colectiva, con los clichés o estereotipos de imagen-documento. De esta manera, pretendo que revele la estrecha relación entre la ficción y la memoria. TEXTO CURATORIAL (MARTINA PEDRERO) El archivo ha sido una manera de fijar experiencias con el fin de transmitir una sensación de veracidad que pocas veces es refutable. El pensamiento científico y su pretensión de objetividad ha abusado de la idea de archivo como un registro inmutable, al cual se puede acceder buscando un estado de cosas expuesto en desnudez. Sin embargo, la conciencia de la subjetividad del investigador respecto al encuentro con el/lo otro, abre un abanico de preguntas sobre cómo enfrentarnos a lo que no conocemos, desde qué lugar interpretar y cómo construir las herramientas para analizar aquello que nos obnubila. La fotografía, como herramienta documental, ha sido clave para testificar las experiencia. Sin embargo, la misma manipulación química de los negativos y la experimentación técnica hizo que prontamente el registro fotográfico se volviera altamente falseable. Los fotógrafos fueron tentados a probar los límites de la representación y la verosimilitud, sagrados para la noción de objetividad a la cual servían. La fotografía etnográfica no estuvo exenta de ello. La conciencia de estar frente a una cámara impone un gesto, una pose, una conciencia extraordinaria, automáticamente es performática, pues el cuerpo adopta aquello que quiere ver registrado: como si fuese un espejo, en la imagen fotográfica se congela la mirada de un ideal. La fotografía , en sí, es un rito. Doblemente ritual si es que es el rito de una etnia no registrada, la motivación a registrar. ¿Cómo capturar la imagen de un cuerpo que nunca ha sido expuesto a un obturador? Entonces aparece la empatía del fotógrafo, la intuición espacial y corporal, la interpretación del caos circundante, la posibilidad de volverlo cosmos. Así, registrar indumentarias rituales en retratos, requiere de cierta asertividad y empatía para indicar, como evocando la espontaneidad: “haz como si estuvieras en la situación en que usarías lo que llevas puesto”. Fotografiar es ritualizar, es reconstituir el mito para registrarlo. Ritualizar es ficcionar. El rito, como representación del mito o de la necesidad de consumar las creencias, de ponerlas en valor, transporta automáticamente a la noción moderna de ficción, donde el mundo creado es verosímil en tanto supone un sistema coherente. Cada cultura es un organismo y la ficción, como efecto posible dentro de una cultura, también lo es. La luna continúa brillando noche a noche en su proceso de vacío y completitud constantes. Nada cambia para ella pero todo lo puede trasmutar en nosotros.
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