La narrativa actual de nuestra vida tras el encierro está atravesada por las nuevas políticas de privación puestas en marcha desde el inicio de la pandemia; una experiencia ambigua en la que ni el tiempo ni el espacio nos pertenecen del todo ya. El futuro ha dejado de referirse a un tiempo a largo plazo, y se va construyendo escalonadamente de un día para otro según las decisiones que otros van tomando en nuestro lugar. El tiempo se nos presenta ahora como un abismo en el que ya no podemos imaginarnos o proyectarnos, y el entorno un lugar ajeno con el que apenas podemos relacionarnos.
El término griego ábyssos del que deriva la palabra “abismo” significa literalmente “sin fondo”, una acepción que se convierte aquí en la forma en que fotografío a diferentes individuos anónimos que transitan durante segundos, sin saberlo, frente a mi cámara. La ciudad desaparece en una oscuridad sólida de la que emergen, primero, y en la que se sumergen, después, personajes anónimos de los que no sabemos nada: quiénes son, de dónde vienen y a dónde se dirigen. Fragmentos aislados que adquieren un carácter espectral al revelarse en algunos casos como volúmenes reducidos a un pequeño trazo de luz a punto de desvanecerse.